viernes, 29 de agosto de 2014

«El gran hotel Budapest» o de cómo dejar claro tu talento

El carácter de los filmes de Wes Anderson ha sido cuestionado en numerosas ocasiones, por no decir siempre. Por un lado están los que creen fervientemente que Anderson es un gran genio, una de las revelaciones del cine independiente, y por otro están los que secundan que no son más que historias estúpidas y aburridas con buen gusto. Independientemente del grupo al que se pertenezca, uno reconoce una película suya al instante. El color vívido pero suave, la perfecta simetría, ciertos actores fetiche y ese peculiar humor no son más que las marcas de la casa. En El gran hotel Budapest se resalta eso y mucho más.
Sí, ella tiene razón, amigos.
El filme empieza presentándonos a un joven escritor que en una de sus estancias en el hotel Budapest conoce al dueño, Zero Moustafa. Ambos sienten un claro interés hacia el otro y terminan cenando juntos. Es en esa cena donde Moustafa cuenta cómo llegó a ser el propietario de ese legendario hotel y se nos presenta a un Zero que huye de la guerra y empieza como conserje. Un Zero inexperto, proveniente de un país con nombre de bebida alcohólica y algo más moreno (sí, durante el filme sufre el conocido efecto Michael Jackson. La magia del cine, muchachos).  Zero conoce entonces a Gustave, el que en aquel entonces es el dueño del hotel y acaba siendo su íntimo amigo. El gran Gustave no es más que un cazafortunas que se encuentra con que una de sus viejas bellezas ha fallecido y tiene que ir a la búsqueda de sus riquezas. Como es de esperar se encontrará con muchos obstáculos, entre ellos el hijo de la fallecida, Dmitri, y el sicario de éste, Jopling. Por supuesto, años más tarde todo esto acaba en un libro que el joven escritor del principio relata exitosamente.

La historia se divide en varias partes, todas contadas de manera dinámica y totalmente acertada. Porque si una cosa sabe hacer Anderson es medir a la perfección cuánto debe durar cada plano y cómo debe ser. Teniendo eso a su favor saca fácilmente lo mejor de cada actor por poco tiempo que esté en pantalla, como es el caso de Adrien Brody, quien interpreta a Dmitri. Además, narra todo de manera sarcástica y con pinceladas de humor negro. Sabe que la historia es típica, nada del otro mundo, pero que con la caracterización adecuada de sus personajes, el guion y la estética puede hacer que el espectador se olvide completamente de eso y disfrute increíblemente de la película. Aunque no nos vamos a engañar, los maravillosos personajes tan bien encarnados por actores como Harvey Keitel, Tilda Swinton y Willem Dafoe, entre otros, ayudan muchísimo.
Por otro lado, su dirección artística es, con diferencia, la más cuidada hasta ahora. Anderson vuelve a optar por esos colores pastel tan suyos, los cuales logran aportar un toque más vintage al filme, y crea una atmósfera perfectamente cuidada y adecuada a la época. Casi todos los escenarios fueron construidos de cero, lo cual es un claro punto a favor, y adornados con una buena banda sonora.

En definitiva, con El gran hotel Budapest queda más que demostrado que Anderson es un genio y que domina la fotografía con una exquisitez envidiable. Sabe cómo coger una historia simple, poner unos personajes magníficos y hacer que los actores bailen al son de la cámara. Lo sabe y lo demuestra. Porque, puestos a ser sinceros, si todas las películas estúpidas son tan maravillosas y entretenidas como ésta, que se hagan millones de ellas, por favor.


«Creo que su mundo había desaparecido mucho antes de su llegada. Pero he de decir, sin duda alguna, que mantuvo la ilusión con maravillosa gracia.» 

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